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El látigo de la mediocridad y el reto de la educación

Hace cien años, Benjamín Carrión clamaba en el desierto: "Aquí se ha hecho de la mediocridad una norma y casi una virtud". Duele constatar que, un siglo después, el Ecuador parece seguir postrado en la misma indolencia.

Un pueblo con educación deficiente no es libre; es incapaz de discernir valores como la dignidad o la soberanía, convirtiéndose en instrumento ciego de su propia destrucción. La mediocridad ha calado en todos los estamentos: desde una clase política improvisada y servil a intereses foráneos, hasta un sistema que ignora el pensamiento crítico.

Como bien decía mi hermano en nuestras charlas: "No hay liberación posible sin un sistema de educación eficiente, masivo, humanitario y técnico". No basta con vivir; hay que despertar. Debemos romper las cadenas de la ignorancia. Solo un pueblo culto puede aspirar a ser una potencia, no solo en espíritu, sino en tecnología y bienestar social. Como sentenció el Libertador: las naciones marchan hacia su grandeza al mismo paso que camina su educación.


 
 
 

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